EDITORIAL jueves 16 de oct 2008, 9:07am - nota 2 de 8

Paul Krugman

Por: Francisco Amparán


EL COMENTARIO DE HOY

Como evidentemente un ama de casa del montón sabe más de economía que cualquier doctorcito de Yale o Harvard, un servidor no suele hacerles mucho caso ni apreciar en alto grado a los economistas. Después de todo, esos señores son los que manejan los dineros supuestamente con conocimiento de causa… lo que no evita ni mucho menos que periódicamente se nos venga el mundo encima, con alguna crisis de variable envergadura. Si para eso están entrenados, entonces, ¿cómo es que no saben evitar los problemones? Y siendo así las cosas, ¿por qué habría que confiar en ellos?

Sin embargo, hay sus excepciones. Por ejemplo, un servidor tiene ya un buen tiempo leyendo periódicamente la columna que, en la edición electrónica del New York Times, escribe Paul Krugman. La verdad, ni sabía que el señor fuera tan chipocludo. Sencillamente sus apreciaciones me parecían bien presentadas, y con altas dosis de sensatez. Además de que, en últimas fechas, se había convertido en un feroz crítico de las tonterías que la Administración Bush ha venido cometiendo casi desde el momento en que los “neoconservadores” entraron por la puerta principal de la Casa Blanca.

Por ello resultó una agradable sorpresa el enterarme que Krugman había sido el ganador del Premio Nobel de Economía de este año.

Y fue sorpresa porque sólo en muy raras ocasiones uno ha oído hablar siquiera de algunos de los recipientes de esas codiciadas preseas antes de que se las otorguen. Especialmente de las más técnicas, como química o física… aunque algunos ganadores de los Premios de Literatura y de la Paz de repente también nos dejan con cara de “¿Qué? ¿Quién?”

Como decíamos, Krugman tiene la virtud de ser bastante, bastante legible. Y presenta sus argumentos de maneras que resultan accesibles hasta al público lego en cuestiones de economía mundial. Aunque se supone que la popularidad o imagen pública no le importan gran cosa a los suecos encargados de esas cuestiones, no dudo que esas características hayan jugado a favor de Krugman.

Como supongo que sus consuetudinarios ataques a las políticas de Bush, en estos momentos, resultan bastante relevantes. Me suena a que el Comité Nobel quiso lanzar una advertencia: a la próxima, háganle caso a los sensatos, antes que llegue el colapso que nos lleve a todos entre las patas.

Por supuesto, resulta notorio que la pandilla de Bush, enceguecida por sus anteojos ideológicos, no lee ni a Krugman ni al New York Times… y así les fue. Mejor dicho, así nos fue a todos, que terminamos pagando los pecados de un Gobierno estadounidense torpe e irresponsable hasta la pared de enfrente.

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