El chango le propuso al elefante que escaparan del circo. El paquidermo se resistía a la fuga: temía ser detenido y castigado. Pero el mico lo persuadió por fin, y juntos salieron de la carpa un día. Echaron a caminar, e iban atravesando una huerta de manzanos cuando oyeron que venía gente en su persecución. Rápidamente el chango trepó a un manzano y se ocultó entre su ramaje y entre los rojos frutos del árbol. Clamó con desesperación el proboscidio: “Y yo ¿qué hago?”. “¡Sube a otro árbol!” -le aconsejó el mono. “¿Cómo puedo esconderme ahí? -gimió el elefante-. ¡Me van a descubrir!”. Replica el chango: “No si te pintas los éstos de rojo”... Yo, créanme ustedes, soy un hombre crédulo. No creo en mí mismo, es cierto, pero creo en la rosa, en la mujer y en Dios. (Sobre todo en la mujer). Creo