Don Ultimio tenía tres hijos muy bonitos, y otro muy feo, con rasgos combinados de chango, mico, macaco, mono, simio, gibón, lémur, atele, ayeaye, cinocéfalo, mandril, gorila, babuino, papión, orangután y chimpancé. Se llamaba Colobito el desdichado. Cierto día don Ultimio cayó enfermo, y entró prontamente en agonía. En el lecho de muerte llamó a su mujer, doña Menzogna, y le dijo con el último aliento de la vida: “Voy a comparecer dentro de poco ante el supremo tribunal de Dios. A alguien que en ese trance está no se le engaña. Dime, mujer, jurando por la salvación de tu alma: Colobito, que tan distinto es de sus hermanos ¿es hijo mío?”. Doña Menzogna se puso una mano sobre el corazón, aunque buen espacio separaba a la una del otro a causa del abundoso tetamen de la dama, y declaró luego