Una mujer fue a confesarse con don Arsilio, el párroco del pueblo. Le dijo: “Me acuso, padre, de que me gusta hacer el amor a oscuras”. -Tal cosa no es pecado, hija mía -lo tranquiliza el bondadoso sacerdote-. Antes bien alabo tu sentido del pudor, también llamado pudicicia. Mucha gente prefiere hacerlo así, con la luz apagada. Yo mismo... eh... pienso que así se debe hacer. Incluso la señora Edison le pedía a su marido que apagara la luz. Nada más a las focas les gusta estar siempre con el foco prendido. La Reina Victoria dejaba un pequeño quinqué encendido en esas ocasiones, eso es cierto, pero cerraba los ojos y se ponía a pensar en Inglaterra. Sin embargo no se debe abusar de la oscuridad en el amor: hasta el recato puede hacer daño si se le exagera. ¡Cuántos naufragios hubo en la cost