El señor Do’Blacio padecía frecuentes episodios de disfunción eréctil. (Me pregunto qué será eso). Su médico probó con él, en vano, todos los fármacos de moda, y luego prescribió los remedios populares que en ese caso se usan: licor de damiana, hierba garañona, ioimbina, ginseng, spanish fly, criadillas de toro, hueva de lisa, ostiones, jabón de ponteduro y todos los demás estimulantes a que deben recurrir los acuitados varones que no pueden beber las taumaturgas linfas del Ojo de Agua de Saltillo, miríficas aguas que capacitan a cualquier hombre para ponerse de inmediato -y a la menor provocación- en posición de tirador en pie. Empeño inútil: el señor Do’Blacio siguió con ánimo abatido y decaída voluntad. “Habrá que poner en práctica con usted -dictaminó el facultativo- un último recurso.