En España oí contar de un andaluz que murió y se fue al Cielo. Había sido siempre alegre, de humor festivo, jaranero, y quienes son así gozan en vida, y luego de la vida, la gloria celestial. Así, cuando el andaluz llegó a la morada de la eterna bienaventuranza fue admitido por San Pedro sin más trámite. Pero sucedió algo extraño: el andaluz se aburría en el Cielo. Le hastiaban los cantos de los coros celestiales y los monótonos arpegios de las arpas de los ángeles; lo llenaban de tedio las continuas alabanzas de los serafines, los arcángeles y los querubines; le cansaban las preces de las vírgenes, los mártires y los confesores; lo hartaba la extática contemplación en que pasaban la eternidad los santos. Él estaba acostumbrado al restallante colorido de la fiesta de toros; al jocundo albo