Este día voy a narrar un cuento sicalíptico, o sea que lleva en sí malicia sexual y picardía erótica. Se llama "La flor". Su nombre parece de poema del siglo diecinueve, quizá alguno de aquéllos que recitaba Josefina Pérez de García Torres, poeta de Xalapa, quien para decir sus versos en la penumbra de una sala oscurecida de propósito se enredaba cocuyos en la profusa cabellera bruna, de modo que mientras ella decía sus líricas endechas los pequeños insectos encendían y apagaban su vagarosa luz, con lo que semejaban joyas esplendentes en los cabellos de aquella lírica mujer. “Parecía que en su cabeza alguien había derramado estrellas”, escribió Peza. Sin embargo el relato que narraré hoy no tiene nada de romántico. Antes bien busca un propósito moral. Así, la sentida evocación veracruzana