Desde luego estaba la Catedral. Estaba la bellísima Alameda, y estaban los señoriales edificios del Ateneo y la Normal. Teníamos “La Canasta”, donde se goza el arroz huérfano, famoso. Teníamos, claro, el sabrosísimo pan de pulque de la casa Mena; teníamos esa delicia, única en todo el mundo conocido, que es el inefable chicharrón de aldilla preparado por los señores Alanís, y teníamos los pasteles de Lolita, los tacos de cachete de Los Pioneros y el menudo del insigne y perdurable Café Viena. Mil y mil causas de orgullo más teníamos en Saltillo, y otras mil galas de las cuales podemos presumir. Pero algo faltaba en mi ciudad para que fuera ciudad completa, acabalada y plena. He aquí -lo digo con pesadumbre y pena- que no teníamos una tienda de la cadena Liverpool. Preguntaréis vosotros, y