El sacristán llamó al padre Arsilio. Le dijo que un hombre estaba maldiciendo en el interior del templo. Acudió el buen sacerdote y, en efecto, vio a un sujeto que decía en voz alta una y otra vez: "¡Ah chingao! ¡Ah chingao!". Fue hacia él y lo reprendió con mansedumbre: “Hijo mío, estás en la casa de Dios. Aquí no caben términos altisonantes; sólo palabras de oración”. “Perdone usted, señor cura -se disculpa, apenado, el individuo-. Déjeme explicarle la razón de mis dicterios. Como ve usted, soy blanco, y de tez clara. Mi esposa es también blanca. Todos en su familia y en la mía somos blancos. Y sin embargo ayer mi señora dio a luz un bebé negro”. Dice entonces el padre Arsilio: “¡Ah chingao! ¡Ah chingao!”... Doña Jodoncia se compró una peluca rubia y un vestido nuevo, y esperó a su marid