Nunca he sentido inclinación por las ciencias llamadas exactas. Tienen fama de ser harto difíciles, pero si son exactas no deben serlo tanto. Una calculadorcita que cuesta un dólar puede hacer una operación de cálculo infinitesimal, pero no hay máquina que pueda escribir un soneto, o inventar un chiste. Lo que sucede es que los maestros de esas ciencias se han empeñado siempre en hacer de ellas algo inaccesible, y las vuelven terror y tortura de sus estudiantes, siendo que bien podrían hacer de ellas una enseñanza deleitosa y útil. ¡Cuántas vocaciones -y cuántas vidas- fueron frustradas por un mal profesor de matemáticas, de física o de química, que a más de no saber enseñar reprobaba por sistema a sus alumnos para sentirse superior! Pero esta quejumbrosa queja de escolar que siempre anduv