Nosotros domingo 29 de jun 2003, 11:22am - nota 1 de 24

De La Vida Misma / Ni el fuerte calor.

Miguel A. Ruelas

Ni siquiera el fuerte sol.

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Nada les importaba, ellos estaban en lo suyo.

Y nosotros, bajo la sombra de los árboles los contemplábamos.

Las notas de Nereidas, ese inmortal danzón inundaban los pasillos de la plaza principal, se colaban por las tapias de lo que fue el Apolo Palacio y se metían confianzudas y liberadas por entre las ventanas casi a punto de caer impregnadas de olvido de lo que fue el Casino de La Laguna.

Y ellos seguían en lo mismo. Se diría que cada pareja bailaba sobre un ladrillo. Rítmicamente movían los pies y las caderas. Ella con su vestido brilloso, verde, con su peinado lustroso, y él con su atuendo blanco y su paliacate de ferrocarrilero anudado a la garganta y utilizado de vez en cuando para secar el sudor de su cara.

Domingo lagunero, exento de lluvias e inundado de calor.

Y nosotros ahí, viéndolo todo, como embrujados, mirando a esas parejas llenas de ritmo y de alegría, sin importarles ni el sol ni el calor.

Felicitaciones para quienes les regalan estos momentos de alegría y de nostalgia.

Nosotros pensábamos ¿Qué habrá en la mente de ella, tan buena bailadora? ¿Qué recordará él mientras suavemente empuja a su pareja, la sostiene con la mano, la ayuda a dar la vuelta y entrecierra los ojos?

Quizá ella vuelve a sus años juveniles, cuando los domingos iba a las tardeadas de su lugar favorito, o a las funciones del Princesa o del Cine Nazas.

Quizá él vuelve a viajar en el tranvía de Torreón a Lerdo, contemplándolo todo, admirándolo todo mientras que el rectángulo móvil pasa por el despepite al otro lado del Río Nazas donde aparecen las pacas de algodón que dan bonanza y prosperidad a la región. Cosas que ya se fueron, que ya quedaron en el recuerdo. Quizá los dos, mientras Acerina y su Danzonera reviven Nereidas, siguen soñando que son jóvenes y que nosotros, los que estamos viéndolos bajo los árboles no existimos, somos sólo sombras que da el mismo arbusto

Cerca, el niño pide un yoyo y un globo. Abuelito lo complace.

La música sigue, los bailadores no sueltan la mano de su bailadora, y el domingo transcurre, caluroso, soleado, ajeno a las lluvias que ya se olvidaron de visitar estas sedientas tierras.

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