Aquellos dos amigos se querían entrañablemente. Eran socios en asuntos comerciales y todo lo compartían: oficina, vehículo, incluso los favores de la exuberante secretaria que juntos contrataron. Un día se presentó el problema: la muchacha iba a ser mamá. ¿Cómo saber cuál de los dos era el padre? Hablaron del asunto, y como buenos amigos y socios acordaron compartir la responsabilidad. Se llegó el día en que la chica debía dar a luz. En la sala de espera de la maternidad los dos amigos daban vueltas ansiosamente. Dice uno de ellos: “-Ya no aguanto más. Voy afuera. Si algo sucede vas por mí’’. En efecto, poco después llega el otro con cara muy solemne. “-¿Malas noticias?’’ -pregunta con angustia el que había salido-. “-Si -responde el otro echándose en sus brazos-. Dame el pésame, amigo mío