Una amiga de la mamá de Pepito tuvo que pasar la noche en casa de ellos, y la acostaron con el muchachillo. Ya con la luz apagada le pide él: “Tiíta: ¿me dejas poner mi dedito en tu ombliguito?”. A la muchacha le pareció extraño el pedimento, y no lo autorizó. Pero insistió Pepito: “Anda, tiíta, deja que ponga mi dedito en tu ombliguito”. Tan vivas fueron las instancias del pequeño que por fin ella le dijo: “Está bien, Pepito: puedes poner tu dedito en mi ombliguito”. En la oscuridad se escucha la preocupada voz de ella: “Pepito: ése no es mi ombliguito”. Y se oye la voz de Pepito: “Tampoco es mi dedito”... El recién casado se sorprendió al ver que su flamante mujercita estaba tomando clases de natación. Le preguntó por qué. Responde ella: “¿Ya se te olvidó que me dijiste que si algún día