Don Astasio llegó a su casa y encontró a su mujer con un desconocido. Colgó su boina y su bufanda en el perchero, y luego fue al cajón del chifonier donde guardaba una libreta en la cual apuntaba términos peyorativos para decirlos a su mujer en tales ocasiones. Volvió a la alcoba y dijo a la señora: “¡Furcia! ¡Pendona! ¡Maturranga! ¡Inverecunda zorra! ¡Mesalina! ¡Calientacamas! ¡Bagaza! ¡Horizontal!”. “Ay, Astasio -le dice ella con apuro-. Modera tu vocabulario. Estamos en presencia de un extraño”... En el restorán el señor vio un insecto raro en su sopa. Indignado llamó al mesero y le dijo con enojo: “¿Qué es esto?”. Responde el individuo: “Señor: soy mesero, no entomólogo”... Dulcilí, muchacha de buenas familias, rechazó la erótica demanda que le hacía Afrodisio, galán concupiscente. Le