Me habría gustado conocer a mister Evans, odontólogo norteamericano. Fue el dentista de Eugenia de Montijo, la bella esposa de Napoleón Tercero. Para ella inventó unos polvos cuyo secreto a nadie reveló, que mantenían siempre blanca la dentadura de la soberana.
Cuando los prusianos, vencida Francia en la guerra del 70, entraron en París, mister Evans sacó a la reina con riesgo de su vida, y la llevó a Inglaterra. El peligro fue grande, pues Eugenia insistió en llevar consigo sus joyas, sus obras de arte, y hasta su rica colección de abanicos.
El doctor Evans era bajito de estatura y usaba unas patillas que le daban aspecto de cochero. Parecía un gnomo al lado de aquella espléndida mujer que lo llevaba consigo como se lleva a un falderillo.
Pasaron los años, y le llegó a Evans el día de