EDITORIAL lunes 28 de jul 2008, 8:45am - nota 8 de 10

¿Cómo le ponemos al niño?

Francisco Amparán

EL COMENTARIO DE HOY

En algunos países resulta común que ciertas etapas de su historia reciban nombres genéricos, que resumen mediante unas cuantas palabras lo ocurrido durante un período determinado.

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Así, en Irlanda del Norte se habla de The Troubles, los problemas, para referirse a los años que van de 1968 a 1998, los más álgidos en el conflicto entre el muy católico Ejército Republicano Irlandés y las fuerzas del orden de la Gran Bretaña. Los del Ulster no necesitan hacer más precisiones: con el nombrecito como que está dicho todo.

En la misma Gran Bretaña, se habla de la época Eduardiana como la edad de oro entre la muerte de la Reina Victoria y el inicio de la Primera Guerra Mundial, por el monarca de entonces, el sibarita Eduardo VII.

En Japón, cada nuevo emperador le pone un nombre a su reinado. Generalmente esos apelativos son más bien cursis, y con frecuencia no tienen nada qué ver con lo que realmente ocurre en el período.

Aquí en México, en vista de los ilimitados poderes de la Presidencia Imperial, y de que cada ocupante de Los Pinos imponía su muy exclusivo estilo personal de gobernar, lo usual ha sido llamar a cada sexenio según el nombre del presidente en turno. Así, hablamos (generalmente mal) del Salinismo, el Zedillismo, el Echeverriato.

¿Cómo le llamaremos a la etapa presente, a los ocho años y contando de gobiernos panistas? ¿El Foxicalderonismo? La verdad, me parece que estos tiempos no se merecen ese adjetivo, por varias razones: En primer lugar, es muy difícil considerar que los titulares del Ejecutivo federal han tenido los poderes y capacidades de sus antecesores. Incluso Zedillo, siendo un presidente tan acotado y autoacotado, contó con mucho mayor margen de maniobra que sus dos sucesores.

Además, Fox hizo todo lo posible por disminuir su poder, imagen y peso político, metiendo una pata tras otra, y desperdiciando en tonterías el gran capital político con que una vez contó. En segundo lugar, que se sepa, no ha existido ningún estilo personal de gobernar. De hecho, no hay estilo alguno. Usar un lenguaje dicharachero y no muy certero, como Fox, o desaparecer del escenario público, como Calderón, no parecen rasgos estilísticos dignos de ese nombre.

Y en tercer lugar, mucho de lo ocurrido en ambos sexenios ha sido protagonizado por un Poder Legislativo pendenciero, parasitario y estorboso, que ha obstaculizado todo esfuerzo gubernamental por reformar este país que se nos cae a pedazos.

Así pues, ¿cómo llamaremos a estos tiempos que nos está tocando vivir? ¿La era de la ineptitud? ¿Los años de la pendencia? ¿La etapa de la esterilidad? Porque en eso es en lo que se ha solazado nuestra clase política, Gobierno y Oposición, durante ocho años. Y mientras tanto, por supuesto, que México se vaya al demonio.

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