Internacional lunes 28 de jul 2008, 11:16pm - nota 10 de 22

Ofrece restaurante francés

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En el “L’eau vive”, no se dejan propinas y todo ronda casi en el más absoluto silencio. Nadie habla, nadie pregunta, la respuesta sólo está en una especie de retiro espiritual mientras se come un suculento platillo o se canta el “Ave María”. (Notimex)

Monjas carmelitas cantan el ‘Ave María’ antes de servir la cena en el ‘L’eu Vive’ enclavado en el Centro de Lima, Perú

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NOTIMEX

Lima, PERÚ.- El “alimento espiritual” es el platillo central del “L’eu vive”, un restaurant francés que está enclavado en el Centro de Lima y donde monjas carmelitas cantan el “Ave María” antes de servir la cena.

El manso ruido del agua que cae de un estanque de la casona colonial, ubicado frente al Palacio de Torre Tagle, sede de la Cancillería peruana, es roto, ritualmente, todos días a las nueve de la noche.

A ese remanso de paz no sólo se va a comer o beber un buen vino, servido en pequeñas jarritas de vidrio, sino que se va a reencontrar consigo mismo, con la paz de la oración y la bendición religiosa.

Está al interior una antigua mansión donde huele a flores, y el sonido matinal o nocturno es el eterno discurrir del agua.

Las mujeres que allí trabajan visten muy sencillas, sin maquillaje, la mirada baja, voz suave y a las 21:00 horas locales (01:00 GMT) suena el coro, como un leve murmullo y luego se afinca en los corazones.

Los recursos que allí se recaudan por venta de alimentos son donados a los menos favorecidos, a gente pobre de Lima, aseguró la monja Melba Caucha Granda, a quien se le arrancan unas cuantas palabras.

Esta mujer de ojos tristes, cabello recogido, un sencillo suéter azul y gafas a la “Gatúbela”, originaria de la norteña región peruana de Piura, habla poco, pero es muy atenta.

Asegura que por el restaurant han pasado monjas de Argentina, Brasil, México, Camerún, Nueva Caledonia, Asia, Madagascar, Inglaterra, España y Polonia, entre otras naciones que han asumido el reto de servir.

“L’Eau Vive” es atendido y administrado por monjas a escasos metros de la Catedral. Las bebidas “espirituosas”, como el vino o el pisco sour, no están prohibidas.

Las mesas, cubiertas con manteles rosa pastel y pañuelos verdes, están bellamente adornadas con flores tropicales.

El patio interior de la vieja casona tiene pequeñas plantas, mudas testigos del paso ágil, pero silencioso de las monjas que van de un lado a otro, corren y diligentemente atienden a los comensales.

Este restaurante, llamado por muchos el “remanso de paz”, fue fundado en 1950 por la familia “Misionera del Padre Marcel Rousset en Besançon (Francia)”.

RECURSOS PARA

LOS POBRES

A través de la venta de alimentos se captan recursos y éstos van a dar a los más pobres. Esa fue la consigna y sigue así en todos los restaurantes y hospedajes que se llaman “L’eau vive”.

“Este concepto se ha repetido lo mismo que Argentina, Milán, Marsella, París o Lima. En cada casa hay una Virgen María que ilumina a los comensales quienes reciben antes de cenar pequeños folletos”, afirma la “hermana” Cleotilde.

La letra del “Ave María” puede ser leída o sumarse al coro de las monjas que, de esta forma subliminal, mantienen un proceso de permanente evangelización.

La monja Laurita, cuyo apellido guarda bajo siete llaves, dijo que antes de los alimentos “hace bien honrar al Creador” y razón no le falta en estos tiempos de descuido espiritual y apremios terrenales.

Sor Laurita ayuda al trabajo sin protestar, se encarga de picar cebollas, verduras y frutas en una cuidada cocina que reluce diariamente.

En otros días, cuando no trabaja en el restaurante, ayuda a niños pobres que trabajan en la periferia de Lima, a quienes provee alimentos.

Para comer, qué mejor que un Tournedos Exotiqué con papas Dauphines o un pato con champignones al vino blanco, un lomo a la pimienta verde aliñado con naranja.

Un mousse de mango, frutilla, salsa de chocolate con chantilly o helado de lúcuma puede ser el cierre perfecto de una buena cena.

Aquí, en el “L’eau vive”, no se dejan propinas y todo ronda casi en el más absoluto silencio. Nadie habla, nadie pregunta, la respuesta sólo está en una especie de retiro espiritual mientras se come un suculento platillo o se canta el “Ave María”.

Todo lo demás, es terrenal.

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