Las ramas de los manzanos se doblan con los frutos de púrpura, o las espigas se inclinan con su carga de trigo. La cosecha se ofrece, cercana y abundante. Pero de pronto aparece una nube negra sobre el monte y deja caer sobre los huertos y las mieses su inexorable artillería de granizo. Todo queda arruinado, y el futuro se vuelve incertidumbre en todo, menos en la pobreza cierta. Se desesperan los hombres; lloran las mujeres.
Don Abundio, el más viejo del rancho, apunta con el dedo hacia el cielo y dice con reposada voz:
-Lo hizo quien puede.
Luego, el siguiente año, los árboles vuelven a echar sus flores y sus frutos, y otra vez el trigal se hace olas doradas bajo el sol. Y entonces sí, los hombres recogen el premio a sus fatigas, y en el corro se jactan de su acierto en la poda, en la