Llegó don Astasio a su casa y, como de costumbre, encontró a su mujer en trance de coición con un sujeto. Fue al chifonier donde guardaba la libretita con palabras de peso para motejar a su esposa en tales ocasiones; regresó a la alcoba y le dijo con voz monótona de tenedor de libros: “Mesalina. Hetera. Maturranga. Zorra. Pendona. Furcia. Perendeca”. “¡Ay, Astasio! -responde ella con lamentosa voz-. ¡Te va mal en la oficina, y vienes a desquitarte conmigo!”... Nadie podrá negar que Manuel Camacho Solís es hombre inteligente. Y fue político brillante, lúcido, antes de que el resentimiento y la frustración lo ensombrecieran, cuando las cosas del poder no se dieron a su modo. Aun así puede prestar todavía grandes servicios al país si se decide a apegar sus actos a la ética, pues influye como