Aquella madura señorita célibe, Solicia Sinpitier, tenía una pesadilla recurrente. Todas las noches soñaba que un negro descomunal la perseguía por una calle oscura. El hombrón iba impulsado por evidentes intenciones lúbricas, según se desprendía del hecho de que iba descalzo de los pies a la cabeza, cubierto sólo por un tatuaje en forma de corazón que ostentaba sobre uno de sus membrudos brazos. Mostraba además aquel coloso de ébano una tumefacción que no dejaba lugar a dudas sobre su estado de ánimo. La calle en que se veía la señorita Sinpitier resultaba ser un callejón sin salida. De espaldas contra el muro de ladrillo, sin posibilidad alguna de escapar, la otoñal doncella veía llegar al negro, que se lanzaba sobre ella y empezaba a desgarrarle la blusa y el vestido. En ese punto del s