Pocas veces se habrá narrado en lengua castellana un chascarrillo tan absurdo como el que ahora viene. Léanlo mis cuatro lectores y juzguen si no es verdad lo que les digo... Tres indocumentados mexicanos lograron pasar el río Bravo y consiguieron llegar hasta Chicago. Ahí encontraron trabajo de limpiadores de ventanas. Su primer empleo consistió en lavar las vidrieras de un rascacielos de cien pisos. Llegaron los tres a trabajar una mañana. Apenas se habían alzado en el andamio al quinto piso cuando uno de ellos sintió la imperiosa necesidad de dar desahogo a una necesidad de ésas que no admiten tardanza ni demora. "-Por favor, amigos míos -rogó a sus compañeros-, llévenme abajo. Debo ir al baño”. "-¿Cómo no se te ocurrió antes?” -refunfuña malhumorado el que la hacía de jefe.