Recordemos el conocido caso de aquel viajero que un día llegó a cierto país de África. Llegó un domingo por la tarde, y ya se sabe que las tardes de los domingos son aburridas hasta en Nueva York, París, Roma o Saltillo. (Las ciudades se citan por orden alfabético, no de importancia). Decidió, pues, ir al cine. Buscó uno, y se encontró con la ingrata novedad de que había una larga fila frente a la taquilla. Se formó, de cualquier modo, pues no tenía otra cosa qué hacer. Apenas había tomado su lugar cuando el negro que iba adelante se volvió hacia él y le dijo: "Oiga, amigo: usted no es de aquí ¿verdad?". "En efecto -respondió el viajero, que solía hablar como se escribe, en vez de escribir como se habla, que es cosa más natural y más sencilla-. No soy de aquí. ¿Por qué me lo pregunta?". Co