Simpliciano, muchacho sin ciencia de la vida, contrajo matrimonio con Pirulina, muchacha sabidora. Ella no quería encargar familia pronto, de modo que llevó a la luna de miel una buena provisión de condones. Pero sucedió -oh candor de Simpliciano- que el inexperto muchacho vio los preservativos y se puso a inflarlos. "Ay, Simpli! -exclamó Pirulina-. ¡Qué razón tenía tu mamá cuando me dijo que nunca dejarías de ser niño!"... Murió un señor. Su viuda, inconsolable, fue a una marmolería, y llorando le pidió al dueño que le hiciera una lápida para la tumba de su esposo. La inscripción debía decir: "No puedo soportar tanto dolor". Dos días después regresó la señora a la marmolería. Ahora iba del brazo de un caballero que aún tenía partes aprovechables. Le dice la mujer al marmolero con una gran