Un mexicano y un norteamericano -se citan por riguroso orden alfabético- caminaban por una playa en dirección contraria. (Así están destinados a caminar por siempre). Al cruzarse vieron una lámpara de forma extraña que el mar había llevado hasta la orilla. Ambos se lanzaron al mismo tiempo sobre ella, y la tomaron a la vez. Al disputársela no pudieron menos que frotarla, y de la lámpara surgió -¡oh sorpresa!- un genio de Oriente que les dijo: "Me habéis librado de mi prisión de siglos. A cada uno os concederé un deseo". El estadounidense se adelantó a hacer su petición: "Quiero que mi país esté rodeado por una alta y sólida muralla que impida el ingreso a los extranjeros". El mexicano, lacónico y escueto, formula su deseo: "Quiero que llenes de agua esa muralla". No sé si el cuentecillo se