La esposa de don Languidio fue con el médico de la familia y le contó que su marido había perdido todo interés en el acto conyugal. Para colmo de males se negaba a tomar medicamentos que le restablecieran el apetito erótico. ¿Tendría por ventura el doctor algún mirífico remedio que ella le pudiera administrar disimuladamente a su escuchimizado esposo para elevarle el ánimo y lo demás que se necesitaba para tal efecto? El facultativo le entregó un frasquito con pastillas azules: eran Viagra. Le dijo que moliera una de las tabletas y deslizara el polvo en la sopa de su marido. Así él se tomaría la medicina sin darse cuenta. Ya en su casa la mujer quiso asegurarse del buen desempeño de su esposo, y para mayor seguridad echó en el manjar que estaba cocinando el polvo de tres pastillas. Al día