La señorita Peripalda era encargada de la catequesis en la parroquia que regenteaba el padre Arsilio. A más de eso era organista titular del templo. Cierto día don Arsilio subió al coro, y observó que sobre el órgano se hallaba un objeto que llamó mucho su atención. Se acercó a mirarlo más de cerca, y lo que vio lo dejó mudo, estupefacto: el mencionado objeto era un condón. Hizo llamar a la señorita Peripalda a fin de preguntarle si sabía quién era el insolente que había dejado ahí aquel indigno objeto, cuyo uso está prohibido por la moral católica. Pensaba el padre Arsilio que el condón habría sido llevado por uno de los músicos que tocaban en las bodas, o por algún travieso monaguillo que buscaba escandalizar a la señorita Peripalda, cuyo candor era angelical. Se quedó patidifuso y turul