La mujer de Avidio sintió rijos amorosos, pero el hombre no estaba de humor para erotismos. Se puso la piyama, tomó el control remoto y encendió el televisor. Ella apagó el aparato y le dijo a su esposo con voz imperativa: “Te casaste conmigo por dinero, Avidio. ¡Ven a desquitarlo!”. (¡Qué barbaridad! Lo único peor que no hacerlo es hacerlo por obligación. Un tal Colleoni fue condenado a muerte por César Borgia. La hermana del dictador, Lucrecia, le dijo al reo -hombre guapo en extremo- que haría que su hermano le perdonara la vida si le hacía el amor (a ella, claro, no a su hermano). El desdichado Colleoni, lleno de angustia porque en ello le iba la existencia, no fue capaz de erguir el lábaro de su virilidad. Quedó, como dice Horacio en sus Epístolas (2, 2, 50), Decisis humilem pinnis; c