San Virila era un hombre de Dios. Era tan santo que no lo parecía. Sin proponérselo hacía milagros. Un día al quitarse los ornamentos con que había oficiado misa buscó sin encontrarlo el gancho en que solía colgarlos. El abad, enojado, dijo que llamaría a la hermana encargada del orden, para reprenderla. San Virila le pidió que no lo hiciera, y sonriendo colgó los ornamentos de un rayito de sol que entraba por la ventana.
No hablaba nunca de sus milagros San Virila. Cuando le preguntaban qué milagros había hecho ese día, Virila contestaba:
-Hice el milagro de reconciliarme con un enemigo.
O respondía:
-Hice el milagro de cantar una canción.
O explicaba:
-Hice el milagro de entender que el milagro mayor es el de la vida.
Una vez San Virila fue llamado por los habitantes de la comarc