"Me gustaría que me regalaras tu virginidad". Así le dijo Simpliciano, joven sin ciencia de la vida, a Pirulina, muchacha que acerca de la vida sabía más que todos los biólogos del mundo. Ella tuvo que contenerse para no soltar la risa. Le dijo a su inepto galán: "Demasiado tarde, Simpli. Eso que tú me pides lo perdí hace tanto tiempo que ya no recuerdo con quién, cuándo, cómo y dónde". "Entonces -arriesga tímidamente Simpliciano-, si ya no puedes regalarme tu virginidad, me gustaría que por lo menos me regalaras el estuchito en que venía". (Era tonto, pero no tanto)... Las palabras nacidas de la razón, el buen sentido y la intención honesta caen casi siempre en el vacío. Me temo que ese destino sufrirá la carta que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas envió a algunas figuras prominentes del P