Don Astasio llegó a su casa y encontró a su esposa, doña Facilisa, en trance de libídine con un desconocido. Después de colgar el saco, la bufanda y la gorra en el perchero del corredor, el mitrado marido se dirigió al chifonier donde tenía guardada una libretita en la cual solía anotar vocablos de mucho peso para decirlos a su mujer en tales casos. Volvió a la alcoba donde la pecatriz se estaba refocilando con su coime y le espetó la última palabra que había registrado: "¡Baldonada!". En seguida, volviéndose hacia el sujeto, le preguntó con gran severidad: "Y a usted, señor mío: ¿quién le dijo que podía hacer esto con mi esposa?". Responde el individuo: "Todos". (O sea que además de cachondo, el tipo era también lacónico. Esa es virtud de mucho mérito en los actuales tiempos, de excesiva