Pirulina, la muchacha más ligera del pueblo, sintió que la luz de la fe le iluminaba el alma. Fue con el padre Arsilio y le pidió que la admitiera en la iglesia. “Quiero ser bautizada -le dijo- igual que esos bebés sobre cuyas inocentes cabecitas derrama usted las aguas lustrales del bautismo”. “Contigo no serán suficientes esas aguas, hija mía -le informa el bondadoso sacerdote-. A ti voy a tener que ponerte en remojo toda la noche”... El subastador dio un golpe de martillo y anunció: “El alfiler en cuya cabeza está grabada la Declaración de Independencia, alfiler que nos hizo favor de tener en su mano la señorita Granderriére, se entregará al joven caballero de la camisa roja, que fue quien ofreció el mayor precio”. “¿Cuál alfiler? -pregunta estupefacto el joven-. ¡Lo que yo estaba ofrec