Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que leyó los “Pensamientos” de Pascal, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre-, y continuó:
-A nuestro pobrecito cuerpo lo calumniamos mucho, y en cambio a nuestro espíritu lo enaltecemos demasiado. Creemos que nos condenamos por la carne, y denostamos al cuerpo, y lo vilipendiamos. Pero es tan mínima cosa el cuerpo, tan humilde, y casi con nada se conforma: un poco de agua, un poco de pan, algo de sueño -no de sueños- y ni siquiera amor, sino apenas, de vez en cuando, la compañía de otro cuerpo para enjugarse los instintos. En cambio, el espíritu, ¡qué exigente es, qué perentorio! Reclama sabiduría, altos ideales, valores inmarcesibles, y eso tan difícil de hallar que es el amor. Yo tengo para mí que el espíritu es el qu