Nosotros jueves 24 de abr 2008, 7:44pm - nota 2 de 17

Amigo Sembrador

Francisco A. Ledezma

Mientras se llega el momento de acudir a la comida que hoy nos ofrecen nuestros amigos sembradores Nico Papadópulos, Ricardo Cisneros, Hugo García y Carlos Chiffer, déjame platicarte pequeñas historias del ayer que tienen reflejos hoy.

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Desde la adolescencia he tenido inquietud por saber el significado de las palabras y esa curiosidad la he podido satisfacer teniendo a la mano un diccionario, pero ¿qué es un diccionario? El propio instrumento lingüístico se define a sí mismo como “libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces, de una o más lenguas; de una ciencia o materia determinada”.

A la primera persona que consulté fue a mi padre, que se había convertido en un diccionario viviente, pues habiendo aprendido a leer cuando su edad frisaba cerca de los cuarenta años, se aficionó de tal manera a la lectura, que la imagen que de él guardamos en nuestra memoria, es verlo sentado ante la mesa del comedor con un libro en sus manos y entre las novelas y obras históricas, tenía como libro de cabecera un diccionario; por eso a nuestras preguntas sobre el significado de tal o cual palabra, nos daba todas sus acepciones y la forma correcta de usarla.

Cuando mis padres acudieron al llamado del Altísimo, mi hermano mayor me cobijó en su hogar durante cinco años, disponiendo entonces de su pequeña biblioteca en cuyo acervo incluía un diccionario de la Real Academia Española. Muchas fueron las consultas que en él hice y muchas las horas de solaz que me brindó su lectura.

Al casarme y formar mi propio hogar, a la par que crecía el número de miembros de la familia, aumentaba también el número de libros en mi pequeña biblioteca, entre ellos –que adquirí por recomendación de una de mis sobrinas, catedrática en la Universidad Nacional Autónoma de México- el Diccionario del Español Moderno y como complemento, Ciencia del Lenguaje y Arte del Estilo del autor español Martín Alonso de Aguilar Ediciones 1966. Fue tanto el uso y el abuso que del diccionario hice que, después de los trasiegos que sufrió, terminó por desencuadernarse.

Hará poco más de un año, mi dilecto amigo César Mauricio Villalobos, tuvo a bien visitarme y en la tendida plática que sostuvimos surgió la duda sobre el significado de una palabra, por lo que recurrí a mi desvencijado diccionario que nos aclaró la cuestión. César no hizo comentario alguno sobre el deplorable estado del libro, pero una semana después la sorpresa fue recibir la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, deferencia que mi amigo tuvo conmigo al que nunca acabaré de agradecer su generoso e invaluable obsequio.

En todas las épocas de mi vida, adolescencia, juventud, adultez y senectud, el diccionario ha sido y sigue siendo el fiel asistente que le da luz a las tinieblas de mi ignorancia.

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