Capronio era marido jodedor. Hay muchos de tal especie en este mundo: cuando se van de él sus viudas los lloran moderadamente -por aquello de las apariencias-, con un ojo nada más, y si no bailan una jota aragonesa al verse ya solas en su casa es sólo por educación. Mi tía Jesusita, la de Arteaga, estaba casada con uno de esos hombres latosos, prepotentes, fastidiosos. A ella le gustaban mucho las naranjas, y le decía a su marido: "-Mira, Fico -se llamaba Pacífico el sujeto-: cuando te mueras ni creas que voy a guardarte luto. Me voy a comprar real y medio de naranjas y me voy a sentar en la puerta de la calle a comérmelas". A esa mala ralea de maridos necios pertenecía Capronio. Un día, sin embargo, sintió remordimientos por el injusto trato que daba a su mujer, doña Suplicia, y decidió l