Aquella joven mujer acudió al consultorio de un médico. Le dice, preocupada: “Doctor: creo que estoy perdiendo la vista”. El médico hace que se recueste en la camilla, y poniéndole tres dedos frente a los ojos le pregunta: “Dígame usted: ¿cuántos dedos tengo ahí?”. Exclama con angustia la muchacha: “¡Cielo santo! ¡También estoy perdiendo la sensibilidad allá!”. (No le entendí)... Aquel mexicano fue a París. Un amigo suyo le había dicho que la lengua francesa era muy fácil: lo único que tenía que hacer para comunicarse con los franceses era terminar todas las palabras en -e, y acentuarlas. Por ejemplo: hamburguesa: hamburguesé; mantequilla: mantequillé; pan: pané; etcétera (etceteré). Fue el mexicano, pues, a un elegante restorán, y le ordenó al mesero: “Traemé una sopé de cebollé; un filet