El señor cura de la parroquia de San Trigio no veía con buenos ojos a los argentinos. Falta de caridad cristiana era ésa, y además de justicia, pues ya se sabe que los argentinos, especialmente los porteños, son gente humilde, modesta, reservada, tímida, siempre acotada en términos de mesura y discreción. El padrecito hablaba horrores de los nacidos en el país del Plata. No había sermón en que no los llenara de vitriólicos denuestos, acres censuras y sonorosas pesias. Para él eran lo peor. El problema es que entre sus feligreses había muchos argentinos. Hartos de tanto vituperio fueron con el obispo de la diócesis y le armaron un tango. Le dijeron que si no hacía callar al padrecito recurrirían directamente al Papa, del cual todos ellos eran amigos personales. Luego le manifestaron que jam