Llevo el estéreo a mi cabaña porque con él me llevo a esos enviados de Dios que se llaman el mar Beethoven, el alba Mozart, la bruma Mahler, la siesta Debussy, la sumadora con música que es Bach.
De pronto un allegro bárbaro de Bartok se me volvió vivace simplemente, y luego andante, y adagio después, y quedó al final en largo. Se habían agotado las baterías del aparato. Enmudeció el estéreo, y no hubo más remedio que oír hablar al mundo.
Escuché entonces el ruido del viento entre los pinos, el aria de un pájaro que habría hecho a Caruso ir a inscribirse en el primer año de su conservatorio, el son humilde de la esquila en la capilla lejana, el balido de las cabras que venían de los agostadores. Y, por la noche, el crepitar de la leña en la chimenea y el aullido del coyote con su respons