Nacional miércoles 30 de ene 2008, 9:27am - nota 6 de 25

Menonitas, una comunidad atrapada en el Siglo XIX

Por: El Universal/Salamanca, Querétaro.
La población menonita que habita la población de Salamanca, Quintana Roo, no utiliza ningún aparato moderno ni la electricidad debido a que su religión lo prohíbe. (El Universal)


El menonita zacatecano Jacobo Harder mira al horizonte, mientras muestra los campos de trabajo de su comunidad, las carretas y tractores que van de un lado a otro con ruedas de fierro, en lugar de neumáticos. “No sé por qué aquí son así, es algo que no entiendo”, dice.

Viajó de Chihuahua a la península de Yucatán, junto a su familia, para buscar la vida en Quintana Roo donde el Gobierno vendió a los menonitas cinco mil hectáreas de tierra para trabajar la milpa, el frijol, y otros insumos. Él tiene tres hectáreas por las que pagó apenas 30 mil pesos.

Lo habían invitado para incorporarse a la comunidad de los hombres de overol y las mujeres de sombrero en el sureste mexicano, bautizada como Salamanca, pero lo que aquí encontró, fue la esencia de un pueblo que había emigrado de Belice y conservaba su forma más pura y arcaica, comparado con las comunidades menonas del norte del país.

Aquella regla de usar carretas en lugar de muebles (automóviles) como que no le pasaba muy bien, pero lo aceptaba. Lo que sí le vino como patada de mula es que a sus hijos les prohibieron usar cachucha y lo tacharon de loco cuando les contó a varios de sus nuevos vecinos que tanto él como sus hijas hablaban español.

“No permitas que lo hablen, porque se pueden casar con un mexicano”, le advirtieron.

Salamanca que pertenece al municipio de Bacalar —ubicado a cuatro horas al sur de Cancún por la carretera del Caribe y a una y media de la frontera beliceña— tiene cuatro años de existencia y 862 habitantes rubios, regidos bajo la idea firme de no mezclar la raza, detrás del argumento de que así tiene que ser porque lo manda la religión, dijo otro habitante.

Según datos de la comunidad hay 13 campos y un promedio de ocho hijos por familia.

Comienzan a vender queso Chihuahua porque hay poco ganado. Venden carbón, maíz, frijol.

Hacen su propio pan, se confeccionan su propia ropa, en un pueblo al que la religión mantiene atrapada en el tiempo. Las imágenes continúan siendo del Siglo XIX y a bordo de sus carretas semejan pioneros que llegaron a una nueva tierra en busca de progreso. Pero dejan algunas otras cosas de fuera por considerar que su espiritualidad está en riesgo. Aquí se prohíbe escuchar música, tener televisión, tomar bebidas embriagantes, usar energía eléctrica. Los hijos sólo estudian seis años de los seis años de edad hasta que cumplen los 12 y después se aplican en las labores del campo.

La historia de los Harder será quizá de lucha entre una familia de menonitas reformistas que emigró de Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, para unirse a otros migrantes de Belice —muy apegados a la enseñanza de su líder religioso holandés Menno Simmonzoon (1496-1561)— venidos de un poblado llamado Blucerk, donde según cuenta don Francisco Garrido —que vive en La Unión, comunidad mexicana que hace frontera con ese pueblo menona— hace años las jóvenes menonitas escupían cuando miraban pasar un mexicano. “Así hacían”, dice.

Sus actitudes tienen sentido, porque los grupos de menonitas más conservadores creen que Dios les pidió a sus seguidores separarse del resto del mundo. De los deseos materiales y de lo moderno. Es una forma de mantener la separación de los deseos materiales del mundo externo donde consideran que hay pecadores. Creen que si ceden a eso perderán su enfoque espiritual.

En Salamanca, la pugna entre religiosos ortodoxos y heterodoxos podría repetirse como ocurrió en algunas partes de Chihuahua donde los hombres dejaron de usar el overol, se compraron camionetas, usan tractores con neumáticos y utilizaron la energía eléctrica.

Las diferencias entre las comunidades menonitas es entendida así por Cornelius Nicolae, un cuñado de Jacobo Harder que está de visita: “Aquí viven así porque ellos lo quieren así, quieren mantenerlo así. Dicen que no deben hacer lo que hacen los demás del mundo, tiene que haber una diferencia entre los menonitas y los mexicanos”,

El patriarca Jacobo Harder dice que se fueron de Chihuahua por petición de su padre quien les pidió que regresaran a Campeche para vivir hasta que llegó la invitación de los de Salamanca. Pero adaptarse resultó un poco difícil.

Jacobo y sus hijos son hombres que se han relacionado con los gobiernos donde han vivido.

Él ayudó a hacer brechas en Cancún para que entraran los vehículos, en la temporada incendios. Juan trabajó en un taller de hojalatería. “Trabajaba yo mi semana y no me lo comía todo, en cambio con el carbón aquí, lo que haga todo se va para comer”.

El sacrificio de vivir ahora en una comunidad donde las cosas son diferentes, vale la pena a cambio de un pedazo de terreno propio. “Allá (en Chihuahua), hay más dinero, más movimiento, mucha maquinaria, más trabajo, la vida está más fácil, pero sólo tenía un pedacito de terreno y era pura piedra”, dice Juan, otro de los hijos Harder.

Cuando se sientan a la mesa para comer sus alimentos son 17 de familia. Aunque, el prejuicio no existe porque hay un récord que parece de Guiness que se cuenta entre la comunidad menonita. El de un tal David Hunter que tuvo 22 hijos. “Los que Dios nos quiera dar”, dice Cristina la hija que hace un año se acaba de casar y aún no tiene hijos.

En el mundo existen 1.5 millones de menonitas. Emigraron de Suiza y Rusia a Alemania y de Canadá a México, donde se repartieron a Zacatecas, Durango, Coahuila, Tamaulipas, San Luis Potosí y Campeche. La mayoría migró de Canadá donde no se les permitió practicar su religión.

“El Gobierno de México dio la libertad por eso nos vinimos para acá, además de que aquí conseguimos la tierra más barata”, dice Cornelius un menonita que está de visita en Salamanca.

La llegada a Salamanca para Cristina Harder, tiene otro enfoque: “Aquí hace menos frío, es más verde, mucha lluvia. En Chihuahua era seco”.

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