EDITORIAL martes 29 de ene 2008, 9:43am - nota 10 de 10

La muerte de un dictador

Francisco Amparán

El comentario de hoy

Los dictadores suelen ser especímenes muy especialitos: no sólo se aferran al poder durante años (incluso estando enfermos, como Fidel Castro), sino que suelen dejarlo saliendo con los pies por delante. Son contados los casos en que un dictador deja el poder estando vivo y bueno. Y son más contados todavía los ejemplos de dictadores que abandonaron el poder y siguieron viviendo tan campantes en el país que antaño gobernaran.

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Un ejemplo sería Augusto Pinochet, quien luego del susto que le puso Baltasar Garzón, continuó residiendo en Chile. Aunque, eso sí, teniendo que torear problemas judiciales y la indiferencia o el repudio de sus compatriotas. Pero a fin de cuentas murió en su casa, en su cama. A veces no hay justicia.

Hace unos días, otro longevo dictador entregó el equipo, habiendo vivido sus últimos años en un país que controló de manera férrea, y al que empapó de sangre.

Suharto llegó al poder en Indonesia, el cuarto país más poblado del mundo, en 1965. En esos momentos parecía que la situación se le salía totalmente de control al presidente en turno, Sukarno. Éste había tratado de gobernar el país a punta de frases y acrónimos… que sí, suenan muy padre (sobre todo coreados por miles de acarreados), pero no suelen servir de gran cosa para alterar la realidad.

Los comunistas indonesios olfateaban el poder como perros de presa que conocen la debilidad de su próxima víctima. Pero nunca sospecharon que se toparían con un formidable obstáculo: Suharto.

Éste tomó el control del Ejército y desató una despiadada persecución de comunistas. En unos cuantos meses, fueron asesinados quizá un millón de simpatizantes de la hoz y el martillo: una de las peores matanzas por motivos políticos del Siglo XX.

Ya teniendo ese flanco asegurado, Suharto descharchó a Sukarno, y se hizo con el control total sobre Indonesia. Y la gobernó con mano de hierro hasta 1998, cuando la inestabilidad financiera de Asia, aunada a numerosas y violentas manifestaciones, lo obligaron a dejar el poder.

Pero se cubrió bien las espaldas. Como herencia dejó un sistema judicial repleto de compadres y amigos, quienes evitaron que se le abriera el más leve proceso penal. La corrupción que cultivó endémicamente a lo largo de tres décadas le permitió seguir residiendo en su propio país, sin que nadie lo molestara.

Que Suharto haya muerto sin responder por sus múltiples crímenes es un indicio de que la impunidad no es patrimonio exclusivo de México. Pero ayuda a explicar por qué hay países que nada más nunca dan el estirón. Como Indonesia. Y como México.

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