El hombre se enamora por los ojos; la mujer, por los oídos. Afrodisio Pitonier, labioso galán, sabía eso. Le habló entonces con tono untuoso a Dulcilí, muchacha ingenua, compañera suya de trabajo; la enamoró con palabra seductora; le hizo promesa formal de matrimonio, y consiguió por fin que ella le entregara el nunca tangido tesoro de su doncellez. A consecuencia de aquella imprudente donación Dulcilí quedó ligeramente embarazada. Le dio la noticia a Pitonier, y él le dijo, solemne y circunspecto: “No pienses que te dejaré sola en este trance, Dulcilí. Haré una colecta en la oficina para tus gastos de embarazo y parto”. (El desgraciado era hombre de una sola palabra: “Rájome”)... Deirfttog Ztinbiel era el herrero de un pequeño pueblo. No había en el mundo persona más optimista que él: Zti