Don Algón había tenido en su pueblo un gran amigo. Se llamaba Leovigildo, pero todos lo conocían por Gildo. De él conservaba don Algón gratas memorias. En su recuerdo era Gildo un alegre y robusto mocetón que gustaba de amores y amoríos con las muchachas del lugar, cosa que a veces lo hacía reñir a puñetazos con los otros mozos, rivales suyos en el galanteo. También sabía beber Gildo, y cantar con guitarra los sones bravíos de la tierra. Don Algón había llegado ya a la edad de las nostalgias y la evocaciones. Quiso entonces visitar el añorado suelo en donde había pasado los días de su niñez y juventud. Quería, sobre todo, ver a Gildo, amigo el mejor que tuvo ahí, leal camarada de juegos y aventuras, compañero de inolvidables horas, a fin de evocar con él las inocentes travesuras infantiles