Don Senilio, maduro caballero, sentía de vez en cuando -muy de vez en cuando- una cierta conmoción en la entrepierna. A grandes voces llamaba entonces a su esposa, doña Morantelina, a fin de aprovechar aquella insólita ventura. Por desgracia don Senilio era tato, farfalloso, tartaja, zazo, o sea tartamudo. Gritaba: "¡¡¡Mo-mo-ra-ran-te-te-li-li-li-na!!!". Y cuando llegaba su esposa le decía con tristeza: "¿Po-por qué tie-tienes e-ese no-nombre ta-tan largo? Cua-cuando a-acabo de de-cirlo ya se me pa-pa-saron las ga-ganas"... Don Galateo visitó las cataratas del Niágara. "¡Qué gran cascada! -exclamó con tono admirativo-. Si yo fuera su dueño ¡qué provecho le sacaría!". Le pregunta alguien: "¿Es usted ingeniero hidráulico?". "No -responde don Galateo-. Soy lechero"... Un individuo les contó a