Don Astasio, tenedor de libros, llegó a su casa y -como de costumbre- halló a su esposa, doña Facilisa, entrepiernada con un desconocido. Colgó el mitrado en la percha su sombrero y fue al chifonier donde guardaba una libretita en la cual solía anotar dicterios para enrostrar a su mujer en tales ocasiones. Regresó al lugar de los hechos y dijo a la pecatriz: “¡Galocha!”. Ese adjetivo, usado por Espinel en sus relatos, se aplica a la fémina de mala vida. “¡Perdóname, esposo mío! -gimoteó, tribulada, doña Facilisa-. ¡Es que soy una mujer débil!”. Rebufa don Astasio con enojo: “¿Y acaso crees, desdichada, que la cosa ésa es vitamínica?”... Babalucas salió a pasear en automóvil con su novia Listela. Ella, hábilmente, le sugirió que fueran a un solitario paraje llamado “El ensalivadero”, pues a