L U N E S
El día que develaron su busto en nuestra Alameda Zaragoza, fui a felicitar al P. DAVID HERNÁNDEZ GARCÍA. S. J. . Al estacionar me encontré con Augusto Hugo Peña, que iba a lo mismo, como cientos de laguneros que, desde temprano, agotaban los asientos preparados para el efecto o esperaban protegidos contra los rayos del sol en las sombras de los árboles más cercanos. Desolada, María Isabel Saldaña, que ya estaba allí, se acercó gentilmente a saludarnos, y en eso estábamos cuando el rumor nos llegó:
“¡Ya llegó!. ¡Ya llegó!”. Efectivamente, en ese momento, un automóvil paró en la calle, a dos pasos de donde nosotros estábamos y, al abrirse la puerta de atrás no tuve más que dar aquellos dos pasos para estrechar la mano del padre Hernández y felicitarlo, que era a lo q