El señor cura se veía en apuros para acabar de construir la iglesia. Le dice el sacristán: : "-Lo que sucede, padre, es que usted es demasiado amable con los feligreses, y hasta tímido para pedir. A esos avarientos se les debe exigir por fuerza lo que de grado no darán. Más sirve a veces un -¡Suelta, hijo de p...! que dos -´Dame por Dios´. Déjeme hacer a mí. Iré casa por casa y ya verá usted que en un día le junto lo que le falta para la construcción". No sin vacilar el padrecito dio su permiso al sacristán para que hiciera la colecta. Al día siguiente salió el rapavelas. Cuando volvió en la noche traía dos grandes bolsas. "-Mire, padre" -dice al señor cura-. Y volcó sobre la mesa el contenido de una de ellas: billetes de alta denominación, dólares, centenarios, cheques hasta por 100 mil p