El padre Arsilio y la señorita Peripalda suelen pasear algunas tardes por la alameda del pueblo donde viven. En el curso de esos paseos sostienen conversaciones espirituales. El sacerdote instruye a la piadosa catequista en temas de alta teología, y ella comparte con el señor cura sus devotos pensamientos de doncella entregada a las cosas celestiales. Una tarde iban caminando por aquel bello jardín cuando acertó a pasar a su lado Tetina Pompasdá, la más ínclita pindonga del poblado. Se iba meneando como galeón con viento próspero, pues con esas ondulaciones anunciaba su mercancía. El padre Arsilio la saludó al paso: "Adiós, mujer bendecida" -le dijo con paternal acento. Ella sonrió, halagada, e hizo al párroco un mohín de coquetería. El descaro de algunas no conoce límites. La señorita Per