Aquel médico no podía dormir por las noches. Inútilmente echaba mano a toda la farmacopea de hipnóticos, somníferos, papaveráceos y narcóticos: el sueño se alejaba de sus párpados, pues una voz interior le recordaba el gran pecado que había cometido: "-Hiciste el amor con alguien a quien estabas atendiendo como médico. Esa acción es contraria a toda ética profesional". La voz que así le hablaba -mis cuatro lectores lo habrán adivinado ya- era la voz de su conciencia. A su sonido el médico se acongojaba. Medía la magnitud de su tremenda falta y otra vez se revolvía en la cama sin poder cerrar los ojos. Pero de pronto otra voz se alzaba en su defensa: "-No seas tan duro contigo mismo. No eres el primer médico que hace el amor con uno de sus pacientes". Entonces le volvía la tranquilidad, y e