Tabasco es mi dolor de ahora. La hermana agua, tan franciscana y humilde ella, tan buena y clara cuando nace lluvia o brota manantial, se enturbia a veces y se vuelve feroz y amenazante. Mata entonces el agua, que siempre da la vida, y causa ruina; destruye lo que toca; lleva consigo el sufrimiento y el pesar. Yo amo a Tabasco porque es la tierra -el agua- de Carlos Pellicer, cuyo mejor poema era aquel Nacimiento que cada año ponía en su casa, abierta a todos. Amo a Tabasco porque de ahí salió Madrazo (el grande, no el pequeño) a poner en la ranciedad de la política su pasión de trópico. Tabasqueño era don Francisco J. Santamaría, que recogió con amoroso amor las palabras y dichos de su tierra, y que vivió siempre a lo tabasqueño, es decir en medio de la tempestad. Iré a Tabasco, y no enco