En la fiesta un achispado señor exponía con enojosa suficiencia sus teorías contra el matrimonio y las mujeres. Decía: "Los hombres deberíamos tener el derecho de cambiar cada año de mujer, así como cada año podemos cambiar de automóvil". Su esposa, cansada ya de los necios desplantes del marido, le dice frente a todos: "Ay, Feblicio. Tú para qué quieres cambiar, si hace mucho tiempo ya que ni manejas"... Aquel individuo era algo sordo. Iba en su bicicleta y se encuentra a un amigo. "¿Cómo está tu esposa Queta?" -le pregunta el amigo. El duro de oído creyó que le estaba preguntando por la bicicleta, y respondió: "Muy mal. Se me ocurrió prestarla, y me la devolvieron toda ponchada y con el asiento abollado"... El oficial del Registro Civil se asombró cuando un señor que apenas hacía un mes