El cuento que abre el telón de esta columnejilla es pelangoche. Las personas discretas, morigeradas, circunspectas, no deberían leerlo... Un señor y su esposa practicaban con regularidad el acto connubial. Lo hacían, sin embargo, en forma rutinaria, sin que ninguna modalidad, variante o cambio diera interés a su amoroso trato. La sexualidad, ya se sabe, ha de ser fuente de gozo, y la pareja debe disfrutar su relación admitiendo todas las posibilidades de dar placer y recibirlo, a condición de que todo lo que hagan sea consensuado -es decir aceptado con plena libertad por ambos-, y que no entrañe daño o riesgo para nadie. El señor de mi historia sabía que en el sexo hay todo un océano de posibilidades, y cierta noche le propuso a su mujer hacer el amor “como los perritos”. Ella se escandali